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Ayuso Horror Picture Show

Sólo hay una cosa que un político o política no se puede permitir cuando tiene responsabilidades de gobierno: provocar miedo.

Es algo que va más allá de las ideologías, algo más primario, más relacionado con la pura y dura supervivencia. Similar a cuando vas en un coche y no te fías de la persona que lo conduce.

Y es que, como en la famosa Pirámide de Maslow, hay jerarquías. Y más en la situación en la que nos encontramos. Ahora primamos la seguridad, las necesidades básicas, nos refugiamos en la familia y dejamos a un lado otras cuestiones que temporalmente no vemos tan importantes, como la afiliación política de nuestros gobernantes.

Personas como José Luis Martínez Almeida (indistinguible ideológicamente de Ayuso) o Rita Maestre sí han sabido conectar en estos momentos con la ciudadanía, que demandamos, más que nunca, responsabilidad y estar a la altura, por encima de las etiquetas políticas.

Y no es sólo cuestión de competencia. Ayuso nunca me ha parecido tonta o poco capacitada, como dice mucha gente, creo que es algo mucho peor, es la mejor representante del populismo “trumpista” en nuestro país. La heredera de la inefable Esperanza Aguirre.

Los azares políticos por los que una persona acaba siendo candidata y presidenta de una Comunidad Autónoma no garantizan, en absoluto, que sea una persona bien preparada para ello. Sobran los ejemplos y hay que aceptarlo como una imperfección de la democracia que no sé si tiene solución. Pero ante esto, todo responsable político tiene un as en la manga fundamental: rodearse de los y las mejores. Cuando se gobierna, hay un buen puñado de puestos clave que son de libre designación, no sólo los propios miembros del gobierno. Del acierto o no en su elección va a depender en buena parte el éxito o el fracaso de esa labor de gobierno.

¿Qué perfiles son necesarios?:

  1. Personas especializadas en las áreas más importantes de gobierno, a ser posible con experiencia en la administración, que sean afines políticamente, competentes y motivadas ante el reto. No hablo sólo de asesores y asesoras, sino de funcionarios y funcionarias con responsabilidades directivas.
  2. Personas que no digan lo que se quiere escuchar, sino lo que se necesita escuchar. No es fácil encontrar a personas que cumplan los requisitos del primer punto, pero es aún más difícil encontrar a las que cumplan este. El respeto mal entendido y la adulación son algunos de los peligros más grandes a los que se enfrenta toda persona con responsabilidades de gobierno.

Pues bien, en el caso de Ayuso, no da la impresión de que se cumplan ninguno de los dos puntos. Baste el ejemplo de que su jefe de gabinete sea Miguel Ángel Rodríguez, uno de los personajes más deplorables del aznarismo y de la política española en general, o que en plena pandemia, con la Comunidad de Madrid en la peor situación sanitaria de todo el país, dimita su Directora General de Salud Pública (que da toda la impresión de cumplir sobradamente los requisitos a los que me refería) con una demoledora carta que debería haber sido motivo suficiente para la dimisión también de Ayuso.

Y así seguimos. Son momentos de miradas tristes, crispadas, temerosas… Por eso necesitamos, no tanto identificarnos políticamente con nuestros gobernantes, sino que éstos lideren transmitiendo confianza y seguridad.

La nueva normalidad

Tal vez la vida normal no era la de antes… Y nos hemos dado cuenta ahora.

Tener todo cuanto quisiéramos y cuando quisiéramos. Irnos un fin de semana a Nueva York como el que se va al pueblo, comprar un televisor nuevo desde casa y recibirlo en una hora, emborracharnos de actividades culturales, de vida social, hasta necesitar mirar la agenda para quedar con los amigos…

Nuestro mundo sólo funcionaba manteniendo una enloquecida huida hacia adelante. A imagen y semejanza del capitalismo, Dios y Señor nuestro, que sólo creciendo y creciendo, es capaz de sobrevivir. Como la canción de Daft Punk: “Harder, Better, Faster, Stronger”.

Ahora nos hemos parado casi en seco y se le han visto todas las costuras a nuestra civilización. Y a todos nosotros, insignificantes, ridículos… Nos creíamos los amos omnipotentes del mundo y ahora estamos escondidos y acobardados en nuestras casas. Aplaudiendo, eso sí, casi como si fuera nuestro último estertor.

Pensábamos que todo nuestro montaje era indestructible, pero no, más bien era un decorado de cartón piedra. En pocos días, muchos animales han recuperado el espacio perdido entre toneladas de hormigón, la contaminación se ha esfumado y, como cuenta Alan Weisman en “El mundo sin nosotros”, si nos acabáramos extinguiendo, en pocos meses apenas quedaría rastro de nuestra especie y la naturaleza continuaría haciendo su inexorable trabajo hasta acabar por borrar todo vestigio del Homo Sapiens. Como si no hubiéramos pasado por el planeta.

Una auténtica cura de humildad de la que no sabemos bien ni cuándo ni cómo saldremos. O quizás nunca lo hagamos y se convierta en la nueva normalidad…

Tal vez nos estemos equivocando de nuevo. Lo ha resumido muy bien Devi Sridhar, de la Universidad de Edimburgo: “Todo el mundo quiere saber cuándo va a terminar esto. Ésa no es la pregunta correcta. La pregunta correcta es, ¿cómo seguimos adelante?”.

¿Sirve para algo la política?

El hartazgo de los españoles y las españolas con la política (y las personas que estamos en ella) ha alcanzado su máximo histórico a principios de 2020. Muy por encima del otro pico reciente, el de 2012-2013, en plena crisis económica y en plena efervescencia de la impugnación al sistema del 15M.

Solo han pasado poco más de ocho años desde la toma de las plazas, seis desde la aparición de Podemos y cuatro desde la llegada de los ayuntamientos del cambio. Entonces, ¿todo esto ha valido para algo o al final nos hemos quedado en más de lo mismo? O lo que es peor, ¿no será que muchas personas que habían confiado en nosotros y en nosotras, en la “nueva política”, han quedado decepcionadas en pocos años?

Pues bien, voy a intentar aportar algo de optimismo al asunto, a raíz de lo que ha sucedido hace unos días con la constitución de los Foros Locales de la ciudad de Madrid para la legislatura 2019-2023.

Los Foros Locales se crearon en 2017 para sustituir a los vetustos e inútiles consejos territoriales del PP, que habían fracasado rotundamente como vía para canalizar la participación ciudadana. Rápidamente se nos acusó de montar una farsa, de crearlos solo para hacer valer nuestras ideas, de ser una vía para colocar “a los nuestros” e incluso de querer reemplazar con ellos a los legítimos representantes políticos.

No sin dificultades, los Foros Locales echaron a andar y el balance de ellos en esa primera legislatura fue positivo. Con el cambio de gobierno nos temimos lo peor, pero, a regañadientes, acabaron por confirmar que se constituirían, cosa que hicieron (fuera de plazo, eso sí) a primeros de este año. Y la sorpresa ha sido mayúscula (incluso para nosotros), ya que ha habido una asistencia masiva a esas sesiones de constitución.

¿Qué puede significar esto? Para mí, que la gente ha hecho suyos los Foros Locales y que los quiere defender. Por encima de ideologías, por encima de partidos, al margen de que fuera el gobierno de Ahora Madrid el que los pusiera en marcha.

Si se nos había pasado por la cabeza (ahora como Más Madrid) utilizar los Foros Locales para nuestros intereses, ya nos ha quedado claro que no nos lo van a permitir. Tanto es así, que ya ni siquiera se puede acusar de “rojos” a estos espacios de participación, ya que candidaturas de orientación ideológica conservadora han conseguido la vicepresidencia en varios distritos (la presidencia es siempre del concejal/a presidente de cada distrito). Es decir, que hasta los que atacaban a los Foros Locales han acabado dándose cuenta de que igual no eran tan mala idea y que tal vez sean una buena herramienta para defender sus intereses. Por tanto, los han acabado legitimando.

Me parece un buen ejemplo de para qué sirve la política y por qué me sigue mereciendo la pena seguir dedicándome a ella (y no avergonzarme, a la vista de su valoración en las encuestas…). Uno cuando se mete en esto lo hace para cambiar las cosas (cambiar el mundo, en última instancia). En este caso, mejorando mi ciudad, más allá de los vaivenes políticos, siendo capaz de contribuir a conseguir cambios que se conviertan en permanentes, que trasciendan a ideologías y a partidos (como ha acabado sucediendo con el divorcio, con el aborto, con la ley antitabaco, con el matrimonio igualitario…). Lo que Íñigo Errejón llama “irreversibilidad relativa”:

“Llevo tiempo pensando la idea de una irreversibilidad relativa, es decir, que los cambios que los gobiernos progresistas pueden llevar a cabo puedan también sobrevivirles a ellos, que esos cambios sedimenten en su sociedad. Me lo imagino, sobre todo, en cambios que son capaces de producir otra antropología, otra relación con los demás, con lo público y lo privado. ¿Cuánta capacidad le concedes a las instituciones, a un Gobierno, para producir desde arriba condiciones institucionales que abajo generen otros comportamientos? Porque las leyes pueden cambiarse, sin duda, viene un gobierno y te las transforma, pero las formas de relacionarse con el espacio público, entre nosotros, no se transforman en ese mismo momento”

Íñigo Errejón y Álvaro García Linera – Qué horizonte (Lengua de Trapo, 2020)

Así que, aunque se gobierne poco tiempo, se pueden lograr cambios que permanezcan en el tiempo. Para ello es imprescindible captar esas demandas de la ciudadanía, esos consensos subyacentes y transformarlos en políticas concretas, en medidas y herramientas que les den soporte. En este caso, la demanda era clara: los ciudadanos y ciudadanas madrileñas querían participar e influir en las políticas que lleva a cabo el gobierno de su ciudad, más allá de votar cada cuatro años. Algo, por cierto, muy del 15M…

Elogio de la rutina

1 de septiembre, la fecha del horror para muchos españolitos y españolitas (bueno, este año cae en domingo, así que se pospone al día 2 o, en el mejor de los casos, al comienzo de los colegios, una semana después).

La vuelta, para la mayoría, a la rutina, a la normalidad, a lo ordinario, después de “lo extraordinario”, de las vacaciones.

En mi caso, relativamente, sigo trabajando en el Ayuntamiento, en el grupo municipal de Más Madrid, pero en la oposición, después de los resultados electorales del 26 de mayo y el nuevo gobierno de PP y Ciudadanos, con el desvergonzado apoyo de la ultraderecha.

Así son las cosas en este mundillo, cuando pase un poco más de tiempo escribiré sobre las elecciones y los resultados, todavía es pronto para mí (y creo que para casi todos en Más Madrid), teníamos confianza en revalidar el gobierno y el golpe ha sido duro.

¿Por qué escribir sobre la rutina en este blog de política? Porque este verano he leído “¿Qué hacer en caso de incendio?“, de Héctor Tejero y Enrique Santiago. Un libro interesantísimo, que me ha hecho pensar mucho sobre lo insostenible de nuestra vida y de nuestro modelo de felicidad.

El libro plantea que el Green New Deal (término acuñado por Alexandria Ocasio-Cortez, una de las grandes esperanzas de la política mundial) debe ser uno de los ejes de cualquier propuesta política progresista en la actualidad. Es decir, que el ecologismo ya no puede ser un elemento político más, sino el centro, porque estamos ya en la tesitura, nada más y nada menos, de salvar a nuestro planeta y a nuestra especie. Algo que se va a convertir en el gran impulsor político, junto con el feminismo, de nuestro tiempo, de la mano de unas nuevas generaciones que no van a permitir que sigamos caminando (más bien, corriendo) hacia el desastre.

En el diagnóstico, el libro no descubre nada nuevo, pero sí lo hace con mucha crudeza: el problema de base es el capitalismo. Un modelo que se basa en el crecimiento continuo es necesariamente devorador e insostenible, sin necesidad de entrar en más detalles.

Pero el problema es que el capitalismo ha acabado configurando nuestro modelo cultural, de vida, de felicidad. Ha normalizado que, por ejemplo, podamos pasar un fin de semana en Berlín como el que se va al pueblo. Asequible para muchos, pero ultra contaminante, destructivo y potenciador de ese turismo indeseable del que tanto nos quejamos.

Decrecer es la única opción viable para salvarnos. Así de duro. Pero, ¿cómo convencer a los que vivimos acomodadamente de que hay que renunciar a parte de nuestro estatus?, peor aún, ¿cómo les explicamos a las personas que viven en la precariedad que ya no van a poder aspirar a llevar la vida soñada, igual que lo hicieron otros? y, por último, ¿cómo lograr que un partido político aspire a ser mayoritario con un planteamiento tan impopular?

Sigo dándole vueltas, pero por el momento, me refugio en lo íntimo, en aprender a disfrutar de lo ordinario, de las pequeñas cosas que nos pasan desapercibidas, en no basar la vida en la permanente espera de lo extraordinario, en la búsqueda de la última experiencia, de lo más epatante. Porque, al fin y al cabo, gran parte de lo que nosotros consideramos normal, rutinario, no deja de ser extraordinario a escala planetaria.

Una de las cosas que me lo facilita es la práctica del Ashtanga Yoga y de la meditación. El Ashtanga Yoga, a diferencia de otros yogas, se basa en la repetición de una rutina de posturas, sin la guía continua del profesor. Es una práctica que facilita la conexión con uno mismo, además de un extraordinario bienestar físico y mental. Y por las noches, meditar un ratito, tener ese rato de sosiego, de silencio entre tanto ruido externo e interno.

Y la música, claro. Unos locos alemanes (Can, Neu!, Kraftwerk…) crearon un estilo (el Krautrock) y un patrón rítmico llamado Motorik, basado en la repetición. Minutos y minutos sin apenas cambios hasta conseguir una especie de trance que también me ayuda en estos tiempos.

Por último… Brian Eno. Cada vez escucho más sus discos de Ambient. Esa música pensada para acompañar, no para escuchar atentamente, incluso para dormir. La belleza de lo simple, de lo tenue, de lo discreto, de lo tranquilo, de lo sutil…

Con todo ello, espero poder disfrutar de este 1 de septiembre y de la vuelta a la rutina…

Vinimos a hacer esto

Ha sido muy cansino escuchar durante estos años, de muchos compañeros y compañeras, aquello de que “no vinimos a hacer esto”. La frase que resume la frustración para muchos de un gobierno municipal que, en su opinión, no ha sabido o no ha querido hacer el verdadero cambio que necesitaba la ciudad. Fuera por bisoñez, por no saber hacer frente a los “enemigos” exteriores o, en el peor de los casos, por claudicar y venderse al capital.

Pues bien, voy a poner un ejemplo de por qué vine yo a esto, de por qué sí que hemos hecho mucho.

El Barrio del Aeropuerto es el más desfavorecido del distrito de Barajas, aunque en el “ranking” de vulnerabilidad de la ciudad, no pueda compararse con otros en mucha peor situación: ocupa el puesto 61 de vulnerabilidad, de un total de 128 barrios, según el estudio de 2018.

Pero dentro de Barajas, sí que resultan escandalosas las diferencias en relación al resto de barrios. Diferencias que se arrastran desde su creación, en los años 60.

Todo desde los inicios fue un desastre: viviendas de mala calidad y una deficiente urbanización, a lo que se unen una ubicación encajonada entre el aeropuerto y sus carreteras de acceso, malas comunicaciones por transporte público, escasos servicios, problemas de aparcamiento y, para colmo, graves inundaciones cuando caen trombas de agua.

Aunque todo hay que decirlo, también se trata de un barrio con una fuerte identidad y cohesionado, con vecinos y vecinas orgullosos de ser de allí y… muy peleones.

Cuando llegamos al gobierno en 2015, todo el mundo nos decía que era el barrio prioritario de Barajas. Pero nadie había hecho nada en décadas. No me lo pudieron resumir mejor algunos colegas: “allí no hay votos” (su población no alcanza los 2.000 habitantes).

Lo primero que nos encontramos es que el barrio no tenía planeamiento urbano. ¿Qué es esto? De manera sencilla, el planeamiento urbano es lo que define qué se puede hacer en cada espacio de la ciudad: viviendas, equipamientos, zonas verdes, actividad empresarial… Donde no hay planeamiento es como si no existiera oficialmente la ciudad, hasta el punto de que el ayuntamiento prácticamente se desentiende de dichas zonas. Y encima, realizar el planeamiento no es un proceso ni corto, ni sencillo.

Así que, para intentar solucionar los graves problemas del Barrio del Aeropuerto, tuvimos que empezar por el planeamiento. Casi dos años, hasta que en 2017, por fin lo conseguimos.

Paralelamente, desde el ayuntamiento habíamos lanzado el Plan MAD-RE (Madrid Recupera), un plan muy ambicioso de rehabilitación de viviendas y regeneración urbana, en el que una de las zonas prioritarias era el Barrio del Aeropuerto.

Aunque fuimos avanzando en su gestión a la vez que realizábamos el planeamiento (sin él, no se podían pedir las subvenciones), cuando ya todo parecía a punto para que los vecinos y las vecinas pidieran por fin las ayudas (ayudas importantísimas, en muchos casos del 80-90% del gasto), nos topamos con un nuevo obstáculo: la desconfianza.

A la convocatoria del Plan MAD-RE de 2016 no se presentó ninguna comunidad de vecinos. Sencillamente, no se creían lo de las ayudas, después de años de olvido y, lo que es peor, de engaños.

Porque uno de los acontecimientos que más se recuerdan en el Barrio del Aeropuerto fue la promesa de Gallardón de hacer un “nuevo barrio”. Sí, de tirar el “viejo” para poner uno “nuevo”, como si del SimCity se tratara. Por supuesto, no se hizo nada de nada. Solo era una fanfarronada muy propia de aquellos tiempos de desfase, megalomanía y pesadillas olímpicas…

Por fin, en 2017 los vecinos y las vecinas del Barrio del Aeropuerto, se presentaron a las ayudas del Plan MAD-RE. Y hace unos días comenzaron las primeras obras de rehabilitación que harán que, tras muchos años, puedan tener unas viviendas en condiciones.

No ha sido fácil y nos ha llevado casi toda la legislatura. Hemos tenido que superar infinidad de obstáculos, ganarnos esa confianza perdida, trabajar codo con codo con la asociación de vecinos (sin cuyo liderazgo vecinal, nada hubiera sido posible), coordinarnos internamente en el ayuntamiento y, por supuesto, escuchar mucho, escuchar las críticas, las dudas, pero siempre dando la cara, siendo realistas y transparentes.

Es cierto que todavía queda mucho para que el Barrio del Aeropuerto sea el que quieren sus vecinos y vecinas: hay que solucionar el problema de las inundaciones, regenerarlo y terminar de reurbanizarlo, resolver el problema de los edificios en estado de ruina, mejorar la movilidad y el aparcamiento, etc. Todo ello está ya en marcha, aunque no podrá culminarse hasta dentro de unos años.

Pero esta legislatura dejará como hito importantísimo, que por fin un gobierno municipal hizo algo por el Barrio del Aeropuerto: nada más y nada menos que garantizar que todo el que quiera pueda tener una vivienda digna.

Yo vine a hacer cosas como esta. Seguro que podríamos haber hecho más, seguro que hemos cometido muchísimos errores, pero no puedo evitar sentirme orgulloso al ver por fin los andamios en las viviendas. Igual que me siento orgulloso de apoyar a tantas y tantas personas afectadas por desahucios, o de atender personalmente a cualquier vecino o vecina que quiera contarnos sus problemas. Para mí, eso es la política.

Qué pasa en Ahora Madrid

Casi sin darnos cuenta, ya estamos a pocos meses del fin de la legislatura, de unas nuevas elecciones municipales y autonómicas. Y cada día hay más inquietud por saber cómo será la candidatura de Ahora Madrid en 2019. Entre nosotros, entre nuestros votantes y, obviamente, entre nuestros rivales, nuevamente desconcertados ante un partido que se escapa, para bien y para mal, de la ortodoxia política.

Las dudas llegan incluso al punto de no estar claro si Ahora Madrid volverá a concurrir como tal a las elecciones. Aunque la madre de todas las dudas es si Manuela Carmena optará a la reelección, porque es la variable clave para que todo se aclare.

No descubro nada si digo que la andadura del gobierno de Ahora Madrid no ha sido nada fácil. Y no lo ha sido por la virulencia con que se le ha atacado desde el exterior, desde un “establishment” desesperado e irritado con que algunas de las mayores ciudades del país (empezando por las dos primeras) cayeran en manos de candidaturas del cambio, pero también por las convulsiones internas de un proyecto que, tal vez, no estaba pensado para gobernar.

Apunto a continuación algunas de las cuestiones que considero que están siendo claves en la difícil dinámica interna de Ahora Madrid:

  • La candidatura. Ahí empezó todo. Podemos, por entonces en la cresta de la ola, ya había anunciado que no se presentaría con sus siglas a las elecciones municipales, sino que se integraría en candidaturas ciudadanas. Esto abonó el terreno para que surgiera Ganemos y aparecieran otras muchas personas de distintos partidos y movimientos sociales. Al final, la candidatura, con un sistema de primarias que sobrerrepresentaba a las minorías, fue una amalgama maravillosamente colorida y diversa, pero escasamente cohesionada. Incluso, la incorporación de Manuela Carmena como cabeza de lista, fue a última hora y como independiente. Al final, Ahora Madrid presentó una candidatura donde muchos de sus miembros, no sólo tenían diferentes puntos de vista políticos, sino que apenas se conocían.
  • El programa. Como no podía ser de otra manera, se realizó de forma “participada y colaborativa”. Visto ahora, es un conjunto de hermosas intenciones, de escasa concreción y un palpable desconocimiento del Ayuntamiento y la administración pública. Muy pocas personas en la candidatura tenían experiencia municipal y en la administración pública. Y se notó a la legua. Por ejemplo, en uno de los temas que mayor conflicto interno han provocado, la Operación Chamartín (o Nuevo Norte), el programa decía que “Madrid pondrá en marcha medidas urgentes que frenen los procesos especulativos y los pelotazos urbanísticos en marcha”. Lo que hemos hecho, modificando el plan inicial, ¿cumple con ello o es una claudicación antes las fuerzas del capital? o comprometernos a “garantizar el acceso a una vivienda digna: a parar los desahucios, mejorar el parque público de vivienda y poner en uso las viviendas vacías en manos de grandes bancos o empresas”. Algo sencillamente imposible. También es verdad que en otros aspectos, los resultados están siendo más cercanos a las propuestas: la apuesta por el medio ambiente, por la cohesión territorial, por la transparencia y la participación ciudadana…
  • El trabajo en equipo. “De aquellos polvos, estos lodos”. El equipo de gobierno que acabó saliendo de las elecciones, reflejó perfectamente el proceso por el que se formó la candidatura y se acabó convirtiendo en un equipo muy difícil de dirigir, intentando llevar a la práctica un programa poco realista. Así que las diferencias, las críticas o los subgrupos, no tardaron en aparecer y han sido una constante a lo largo de toda la legislatura, como se ha evidenciado públicamente en numerosas votaciones en los plenos. Posiblemente, era algo inevitable, pero tal vez deberíamos haber sido más consciente de ello, reforzando la gestión interna y los liderazgos naturales capaces de encontrar mayores consensos.
  • No hay partido. Ahora Madrid nació como una confluencia y así se ha quedado. Nunca ha tomado cuerpo de organización o de partido, más allá de una mesa de coordinación escasamente operativa y las pocas personas que forman el grupo municipal. Esto ha sido una gran debilidad frente a nuestros rivales políticos, con estructuras mucho más potentes y afianzadas. También es cierto que esto nos ha librado, en buena parte, de muchos de los vicios de la vieja política y de las tóxicas dinámicas de partido, que ni Podemos ha conseguido acabar evitando. A la vez, esto ha provocado que los distintos orígenes políticos de los miembros de Ahora Madrid hayan estado siempre presentes, demasiado presentes, en una dinámica de bloques que ha sido bastante dañina, porque muchas decisiones individuales de concejales y concejalas han parecido más pensadas para contentar a sus seguidores y seguidoras, a su público, a su “parroquia”, que para apoyar la acción de gobierno. Por no hablar de los inevitables egos y algunos planteamientos mesiánicos, en los que los intereses individuales han estado claramente por encima de los colectivos.

Todo lo anterior nos ha llevado a la situación actual: no tenemos ni idea de cómo será la candidatura de 2019. Bueno, una cosa sí tenemos clara: que sólo con Manuela Carmena de nuevo a la cabeza, hay posibilidades reales de repetir gobierno. Ha sido y es una inspiración, la prueba palpable de que otra política es posible. Más humana, más cercana, más sensata. Y se ha acabado volviendo imprescindible. Para nosotros y para nuestros votantes.

Pero también podemos confirmar ya, un gran fracaso de Ahora Madrid: que su proyecto político, que el cambio que ansiaban muchos madrileños y madrileñas, que el cambio que queremos que continue, dependen de que una mujer extraordinaria decida presentarse de nuevo a alcaldesa con 74 años. Capacidad, energía y ánimo tiene de sobra, pero a mí no deja de parecerme un poco cruel que tenga que soportar semejante responsabilidad sobre sus hombros, en buena parte por la incapacidad que hemos mostrado los demás para convertir Ahora Madrid en un proyecto de futuro.

Muchos nos siguen viendo como un error, como un accidente, una catástrofe natural, un mal sueño que pronto pasará para que todo vuelva a ser como antes, para que todo vuelva a la “normalidad”. Todavía está en nuestra mano evitar que acabemos pasando a la historia como una anécdota, preciosa, pero que se quedó muy corta y decepcionó a tanta gente que nos apoyó. Todavía está en nuestra mano evitar que esto no se acabe por los méritos de nuestros rivales políticos sino por no haber sido capaces de consolidar un proyecto de cambio por el que apostaron muchísimas personas. Y lo tenemos que hacer con Manuela, que es el alma y la cara del proyecto. Tenemos que conseguir garantizar las condiciones para que ella acepte el sacrificio de una nueva legislatura, construir una candidatura con la que se sienta cómoda, con la que pueda formar un equipo de trabajo competente, experimentado, pero también leal.

Y si no se presenta finalmente, habrá que respetar su decisión, apretar los dientes y seguir luchando. Por supuesto.

Los funcionarios: tópicos y realidades

¿Quién no tiene una imagen preconcebida de los funcionarios? Todos los ciudadanos tenemos que relacionarnos con ellos a lo largo de nuestra vida, pero al entrar a trabajar en el ayuntamiento, se convirtieron en mis nuevos compañeros de trabajo. Además, por aplastante mayoría, porque los trabajadores de la parte política somos numéricamente insignificantes en comparación con todos los funcionarios y el personal que continua trabajando, exactamente igual que el día antes de las elecciones.

Además, son un colectivo que siempre está en el punto de mira de las envidias nacionales, especialmente desde la crisis, vistos por muchos como auténticos privilegiados.

Antes de cualquier otra consideración, quiero dejar claro que el sistema de acceso a la función pública me parece nefasto. Al igual que los procesos de promoción interna. Oposiciones que consisten básicamente en memorizar contenidos, alejadísimas de lo que se valoraría en un proceso de selección de personal para elegir a los mejores en cualquier organización, promociones que tienen en cuenta básicamente la antigüedad… No entiendo por qué no se cambian esos sistemas por procesos que valoren ante todo capacidades, actitudes y méritos. Pueden ser igual de objetivos que los rancios sistemas actuales.

Pero bueno, la realidad es la que es y después de dos años de convivencia, esta es mi opinión:

  • Lo primero, que seguro que llamará la atención, es que en la administración me he encontrado tantos buenos, regulares y malos profesionales como en el sector privado. No aprecio diferencias, y eso que todas mis experiencias profesionales anteriores eran en las “idílicas” ONGs donde el tópico es que la gente está más motivada, más comprometida y las relaciones laborales son menos conflictivas. Pues tengo que decir que no, que me ha sorprendido la cantidad de trabajadores de la administración que están realmente implicados en su trabajo, que tienen sentido de pertenencia y del deber público, que están orgullosos de trabajar en el ayuntamiento y quieren que éste sea lo mejor posible. Por contra, en algunas ONGs viví las peores experiencias de humillación y maltrato que conozco. Y, por supuesto, también hay allí personas sin ningún interés por lo que hacen y escasamente comprometidas.
  • Lo segundo que quiero destacar es el nivel de conocimientos técnicos que tienen. Los funcionarios (y en general, la mayoría de trabajadores del ayuntamiento) saben mucho de lo suyo. Siempre encuentras a alguien que lo sabe todo de un tema, por muy específico o disparatado que sea (qué hacer con un ave que ha anidado en una terraza, cómo apagar o encender las farolas de una zona, qué se puede hacer ante un asentamiento…). La verdad es que es un lujo trabajar con ese respaldo técnico.
  • Son cumplidores y hacen lo que se les encarga. Ni más ni menos. Los trámites, las rutinas, las jerarquías… están tan interiorizadas, que una vez que se ponen en marcha, rara vez se detienen. Otra cosa son los plazos y, sobre todo, cuando lo que se quiere hacer es disruptivo, cuando cambia lo que siempre se ha hecho. Ahí empiezan los problemas, los bloqueos, los puntos muertos, los expedientes que se quedan en el limbo y que si nadie vuelve a empujarlos, pueden quedarse allí eternamente.
  • Por lo general, tienen claro su papel y su supeditación al poder político. Salvo excepciones, no percibo “manos negras” o voluntad de interferir en la acción política del gobierno, que es otro tópico bastante habitual. Tengo que admitir que esto todavía me resulta sorprendente porque creo que muchas veces piensan que cosas que proponemos desde la parte política son un auténtico disparate, pero agachan la cabeza y obedecen (en la mayoría de los casos). Si algo echo en falta es precisamente que se atrevan a cuestionarnos más, a rebatirnos. Entiendo que encontrar el equilibrio al respecto es complicado, pero creo que son excesivamente sumisos, cuando tienen muchos más conocimientos y experiencia que la mayoría de los cargos políticos.
  • Por la parte negativa, creo que la falta visión de conjunto es uno de sus lastres más importantes. Como toda administración, el ayuntamiento está estrictamente compartimentado y cada trabajador tiene claramente definidas sus funciones. Frases como “he acabado mi parte” o “ya lo he remitido a tal departamento”, muchas veces son sinónimo de desentenderse, de cumplir y olvidarse que el trabajo de uno es parte de algo más grande que repercute finalmente en el ciudadano. También es verdad que hay trabajadores excepcionales al respecto, que entienden el servicio ciudadano más allá de las responsabilidades propias y realmente están preocupados por cómo acaban los procesos.
  • ¿Y qué pasa cuando hay urgencias o imprevistos? Pues sorprendentemente, muchos funcionarios se quedan a trabajar más allá de su horario o vienen a trabajar un día que no les corresponde para solucionarlos. Claro, que también está el que se va a su hora, como si nada pasara, pero es un aspecto que me ha sorprendido para bien.
  • Por otro lado, los malos trabajadores se convierten en rémoras. Su sustitución es complejísima y generan muy mal ambiente. No hay nada más demoledor que ver a un compañero con las mismas responsabilidades y sueldo, que no lo hace bien y no pasa nada. No es algo habitual, pero la impotencia ante estas situaciones es enorme.
  • Relacionado con lo anterior, uno de los síntomas más evidentes de la pésima gestión de personas del ayuntamiento, es la casi inexistente conflictividad laboral (la oficial, claro). Difícil que haya expedientes sancionadores abiertos, difícil que acaben en sanciones, difícil que un funcionario critique el trabajo de otro (incluso aunque sea su superior). Hay una especie de manto de silencio y cierto corporativismo que a mí me parece un grave problema, porque encubre una realidad que existe, como en cualquier organización.
  • También es importante hablar de los puestos de libre disposición, de los puestos de funcionarios elegidos por el poder político. Obviamente, se buscan funcionarios afines ideológicamente, que estén de acuerdo con los planteamientos del partido que gobierna, algo que no es demasiado difícil, pero que en el día a día no es tan sencillo de gestionar. No es fácil que un funcionario entienda ese doble papel, esa nueva dimensión política que debe asumir. De hecho, esos funcionarios deberían ser el “equipo directivo” de las juntas o las áreas de gobierno, los expertos que supieran llevar a la práctica el programa político del gobierno. Muchas veces no es así, o lo hacen de forma excesivamente tibia, más cerca del rol habitual de funcionario que del de directivo.
  • Por último, también hay un aspecto que nos afecta a todos, también a los funcionarios: el alto grado de externalización del ayuntamiento. Un proceso imparable y demoledor que nos está costando mucho revertir y que ha provocado que muchos servicios y puestos de trabajo que estaban ocupados por funcionarios, ahora estén en manos de contratas. Desgraciadamente, esto tira por tierra el trabajo de muchos funcionarios, que ven impotentes como su trabajo acaba destrozado, de cara al ciudadano, por empresas que prestan malos servicios. Las contratas, lejos de aportar al ayuntamiento lo positivo de la empresa privada, sólo han complicado más la situación. En lugar de mayor flexibilidad han traído mayor rigidez, lejos de ahorrar tiempos y costes, ha obligado a dedicar muchísimo tiempo a las propias relaciones con las empresas adjudicatarias, que prestan servicios, en ocasiones, muy deficientes que hay que vigilar. Ese mal servicio es lo que ve el ciudadano, que no tiene por qué saber que no está prestado por trabajadores públicos. Un auténtico cáncer con el que tenemos que acabar.

Pero para mí, el gran problema del ayuntamiento (y me imagino que de buena parte de las administraciones públicas) es la falta de un plan de personas que saque al Ayuntamiento de una gestión de los recursos humanos más propia de la Revolución Industrial que del Siglo XXI:

  • Los responsables de recursos humanos no tienen apenas margen de maniobra. No hacen mucho más que aprobar días libres, vacaciones, realizar gestiones internas, una leve coordinación de equipo… Por inimaginable que parezca, en esta empresa gigante que es el Ayuntamiento de Madrid, con varias decenas de miles de trabajadores, no existe un plan de personas y mucho menos el equivalente a un Director/a de Recursos Humanos con capacidad para gestionar este aspecto, crucial para el éxito de cualquier organización.
  • La relación de puestos de trabajo, que define la estructura del ayuntamiento está completamente obsoleta y cada propuesta de modificación encuentra una férrea oposición, especialmente por parte de unos sindicatos que también parecen vivir con un desfase temporal de varias décadas. Consecuencias: el absurdo de ver puestos de trabajo sin trabajo (sí, ese trabajador que ves leyendo el Marca, seguramente no es un vago, sino que simplemente no tiene ninguna tarea que hacer) o conductores que no tienen coches que conducir.
  • Y lo peor es que lo anterior convive (muchas veces a pocos metros de distancia) con departamentos diezmados por la tasa de reposición (número de nuevos funcionarios en relación al número de bajas producidas). En los últimos años, con la excusa de la crisis, esa tasa de reposición ha sido, como mucho, del 50% Es decir que sólo se cubren la mitad de las bajas de funcionarios (sea por jubilación, baja, defunción, excedencia, etc.). Así que, hay departamentos donde en lugar de los diez trabajadores que debería haber, hay tres. ¿Cómo va a bajar el montón de expedientes pendientes? Todo lo contrario, en muchos sitios no paran de crecer, con nefastas consecuencias de cara al ciudadano, que no entiende los plazos tan disparatados que muchas veces tenemos.
  • Por último, pero no por ello menos importante, está una frase mítica que es toda una síntesis filosófica de la administración: “Esto siempre se ha hecho así”. O lo que yo llamo trabajar en “modo zombi”. Ese funcionamiento administrativo, esa brutal inercia que garantiza que todo siga funcionando, siempre que no quieras que se haga de otra forma. Pero claro, el problema es que los que nos hemos metido en esto de la política tenemos la mala costumbre de querer cambiar las cosas y eso choca muchas veces de frente con la implacable burocracia administrativa. Uno se queda alucinado al ver que ni una orden de la propia Manuela es capaz de cambiar determinadas formas de hacer.

¿Propuestas para cambiar esto? Yo sólo lo veo posible con una catársis total.

Es cierto que estamos realizando muchos esfuerzos por cambiar la estructura del ayuntamiento, no sólo por los aspectos comentados, sino por lograr una mayor descentralización, que es otro de los graves problemas que lo lastran y provocan el funcionamiento tan paquidérmico que tiene.

Pero creo que no es suficiente y las resistencias van a ser tremendas. Veo más factible empezar de cero, convocar a todas las partes interesadas y buscar un gran pacto para cambiar por completo el funcionamiento administrativo del ayuntamiento. Para ello necesitaríamos un líder, un gurú, alguien respetado, con prestigio, dispuesto a enfrentarse a la tarea de empezar desde cero, de poner todo patas abajo, pero también con la suficiente habilidad, cintura, mano izquierda, capacidad de seducción y de negociación, como para ganarse a todas las partes y convencerlas de que todos podemos ganar si cambiamos las cosas.

¿Difícil? Mucho. Para empezar, habría que encontrar a alguien dispuesto a meterse en semejante boca del lobo, con el suficiente bagaje y prestigio, pero también con un ego bajo control. Dispuesto a pasar a la historia pero también a fracasar. ¿Imposible? No. Si encontramos a Manuela, ¿por qué no va a ser posible?

Una organización como el Ayuntamiento de Madrid tiene potencial para ser infinitamente mejor. Cuenta con muchísimos funcionarios de gran experiencia, que saben muchísimo de la ciudad, de todos y cada uno de sus infinitos detalles, comprometidos y motivados (la mayoría) con su trabajo. Y otros muchos que están deseando entrar, o que quieren venirse desde otras administraciones. Madrid es un imán para el talento. Lo que tiene de ciudad complicada, lo tiene también de ciudad atractiva, y eso hay que aprovecharlo.

También desde la parte política debemos ser conscientes de que, sin ganarnos a los funcionarios y al resto del personal del ayuntamiento, fracasaremos seguro. Esa resignación que percibo al respecto en algunos compañeros, es la garantía del fracaso. O somos capaces de hacer que esta gigantesca maquinaria que es el Ayuntamiento de Madrid funcione mejor, o no conseguiremos hacer lo que nos proponemos. Nosotros solos no vamos a poder, es imprescindible formar un enorme equipo de trabajo, bien engrasado y coordinado. Este debería ser uno de nuestros principales objetivos, porque si no, acabaremos cayendo en la melancolía de aceptar que cualquier gestión, por pequeña que sea, lleve seis meses de tramitación. El día que nos dejen de sorprender (y de indignar) estas cosas, el día que lo veamos lógico y normal, habremos claudicado.

Y para acabar, sí puedo confirmar uno de los tópicos más extendidos sobre los funcionarios: ¡el desayuno es sagrado! Ni aunque un meteorito estuviera a punto de acabar con la humanidad, dejarían de salir su media hora a desayunar. Pero bien mirado, me parece estupendo. No saber parar, no saber descansar es uno de los errores más frecuentes en el mundo laboral y seguro que un lastre para la productividad, así que… ¡intento irme con ellos todas las veces que puedo!