«Lo que resistes, persiste; lo que aceptas, te transforma»
Carl Jung
Si algo llevamos mal en la política es aceptar la realidad. Parece incluso incompatible con ella, sinónimo de resignación. Y claro, uno no está en política para eso.
Así que, cuando la realidad te pone en tu sitio, el batacazo es morrocotudo. Este mismo año he vivido de cerca dos ejemplos de ello.
En mayo, en las elecciones locales y autonómicas en Madrid, nos encontramos con dos mayorías absolutas inapelables del PP, tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad. Si la de Ayuso podía esperarse (aunque no con un resultado tan estratosférico, por encima de mitos pasados de la derecha como Gallardón o Aguirre), la de Almeida no. Y nosotros, que nos habíamos pasado los quince días anteriores llamando presidenta y alcaldesa a nuestras candidatas, entre vítores, discursos enardecidos y música atronadora, nos quedamos con cara de tontos, por mucho que luego hiciéramos nuestros análisis positivos de los resultados, que también había motivos para ello.
El contraste entre la hipérbole continua que siempre son las campañas electorales y el resultado obtenido fue tan brutal, que la digestión se hizo y se sigue haciendo complicada. Aunque siempre nos queda recurrir a nuestra tradicional superioridad moral y apelar a lo incomprensible de que tantas personas confíen en Ayuso y Almeida, eso de que están equivocadas pero no se dan cuenta. Encima, tuvimos en esas elecciones el ejemplo extremo de este razonamiento cuando supimos que las vecinas y vecinos de San Fernando de Henares que han perdido sus casas por culpa de la nefasta construcción del Metro bajo ellas, ¡también votaron mayoritariamente a Ayuso! O sea, que deben ser poco menos que idiotas.
Pero como la vida a veces te da una de arena después de una de cal, pocos meses después, en las elecciones generales, las tornas cambiaron y la estupefacción pasó al otro bando. El PP y Vox daban por hecho que gobernarían en coalición, pero la enésima pirueta de Sánchez lo evitó por los pelos. Todavía recuerdo las caras desencajadas de sus apoderadas y apoderados en el colegio electoral donde estuve. Daban hasta pena.
El espectáculo patético de Feijóo los meses posteriores, intentando ser presidente cuando todo el mundo sabía que era imposible, haciéndose el digno, no podía provocar más que carcajadas. Fue un ejemplo insuperable de no aceptación de la realidad.
Aceptación no es resignación, es entender, de manera profunda, que la realidad no es como nos gustaría que fuera y que nuestra capacidad de influencia sobre ella es limitada. Por mucho que confiemos en nuestro trabajo, ningún partido político tiene control sobre lo que van a votar millones de personas, ni siquiera contando con el apoyo de los medios y de otros poderes fácticos.
En un panorama político tan voluble, sobrevivir es a veces la única opción posible. Quién sabe si nuestro legado será el de las personas que se mantuvieron ahí durante el auge de la ultraderecha, si pasaremos a la historia por eso, por mantener la llama encendida. Sería bonito que fuera así.
Sería como intentar nadar en un río a contracorriente, lo haces con todas tus fuerzas, pero no avanzas. Y, paradójicamente, lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar, usar tu cuerpo para guiarte hacia uno de los bordes del río. En vez de resistir la corriente, aprovechas su fuerza. Puede que así no alcances tu objetivo, pero al menos sigues vivo y puedes seguir persiguiéndolo.